Irán lanzó misiles contra Israel por primera vez desde que entró en vigor el alto el fuego acordado en abril, en represalia por bombardeos israelíes sobre Beirut. La crisis obligó al presidente Donald Trump a intervenir públicamente, y horas después ambas partes anunciaron una nueva pausa en los ataques.
Por Morena Cavanay
El domingo 7 de junio, Israel activó las alarmas antiaéreas en el norte de su territorio luego de que el gobierno de Benjamin Netanyahu advirtiera que Irán había retomado el lanzamiento de misiles, los primeros desde que se estableció el frágil alto el fuego de abril. Irán confirmó después, mediante su prensa estatal, que había lanzado los proyectiles en represalia por ataques israelíes realizados ese mismo día contra posiciones en el Líbano.
La tregua, impulsada por Washington para alcanzar un posible acuerdo que ponga fin al conflicto, se había ido debilitando en las semanas previas ante el estancamiento de las negociaciones y la ausencia de un pacto concreto.
El detonante inmediato fue un bombardeo israelí sobre el sur de Beirut. La oficina de Netanyahu anunció un ataque contra un centro de mando en el distrito de Dahiyeh, bastión de Hezbollah en la capital libanesa, que según las autoridades libanesas dejó dos muertos y 20 heridos. Irán había advertido previamente que un ataque sobre Beirut constituía una línea roja.
Ante la reanudación de los ataques, Trump reaccionó con dureza desde su plataforma Truth Social. El mandatario escribió: "Israel e Irán deben dejar de 'disparar' de inmediato", y agregó que "ambos lados están buscando un alto al fuego inmediato" y que "las negociaciones finales de paz avanzan, siempre que la ignorancia o la estupidez no se interpongan".
Horas después de la exigencia de Trump, las partes anunciaron una nueva pausa. Irán declaró el fin de su operación militar, aunque advirtió que podría dar una respuesta aún más contundente ante nuevas agresiones. Netanyahu afirmó también que Israel suspendía temporalmente sus ataques tras haber alcanzado objetivos en Irán, pero advirtió que respondería "con toda la fuerza" si su país vuelve a ser atacado.
La Guardia Revolucionaria iraní precisó que su aceptación del alto el fuego del 8 de abril siempre estuvo condicionada al cese de hostilidades en todos los frentes, y acusó a Estados Unidos e Israel de no haber cumplido sus compromisos. Según la Guardia Revolucionaria, Israel continuó sus ataques en el Líbano y violó reiteradamente la tregua mediante incursiones contra las costas iraníes y buques en el estrecho de Ormuz, el golfo de Omán y el océano Índico.
El contexto es el de un conflicto sin resolver y con múltiples frentes abiertos. La guerra, iniciada por Estados Unidos e Israel el 28 de febrero con ataques contra Irán, ha sacudido la economía mundial e impulsado los precios de la energía. Los funcionarios no han logrado convertir el alto el fuego de abril en un acuerdo permanente, mientras Irán mantiene su control sobre el estratégico estrecho de Ormuz e Israel continúa sus operaciones militares en el sur del Líbano.
El frente libanés suma otra capa de complejidad a las negociaciones. Un alto el fuego mediado por Estados Unidos está vigente entre el Líbano e Israel, pero Hezbollah no fue parte del acuerdo y rechazó el pacto. El líder del grupo, Naim Qassem, exigió un alto el fuego global y la retirada completa de las tropas israelíes, y afirmó que Hezbollah no ha asumido ningún compromiso para detener la lucha mientras haya ocupación.
Tras el anuncio de la nueva pausa, los precios del petróleo cayeron: el Brent, que cotizaba por encima de los 98 dólares por barril a comienzos de la jornada del lunes, retrocedió a cerca de 94,70 dólares. La estabilidad, sin embargo, luce precaria. Con las negociaciones de paz estancadas, Hezbollah fuera de cualquier acuerdo y los distintos frentes aún activos, la posibilidad de una nueva escalada regional sigue siendo la amenaza más concreta sobre Oriente Medio.
La guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán entró en su día 62 con el estrecho de Ormuz bloqueado, el petróleo por encima de los US$125 y una tensión global que ya no se mide sólo en misiles. Para la Argentina, el conflicto no es una postal lejana: puede impactar en energía, transporte, inflación, fletes y en el valor estratégico de Vaca Muerta.