El asesinato de una adolescente de 14 años en Rufino, en mayo de 2015, sacudió a la Argentina y desencadenó una de las movilizaciones sociales más grandes de la historia reciente del país.
Por Tobias Caminata
La noche del sábado 9 de mayo de 2015, Chiara Albertina Páez salió de su casa en Rufino, una ciudad de veinte mil habitantes en el extremo sur de Santa Fe. Tenía 14 años, estaba embarazada de tres meses y les dijo a sus amigas que iba a encontrarse con su novio, Manuel Mansilla, de 16. No volvió. Su cuerpo apareció al día siguiente enterrado en un pozo en el patio de la casa de los abuelos del agresor, con la tierra rastrillada y apisonada. La autopsia determinó que había muerto a golpes entre las dos y las cuatro de la madrugada del domingo 10.
Menos de un mes después, el 3 de junio de 2015, cientos de miles de personas salieron a las calles en ochenta ciudades del país. En la Plaza del Congreso, la concentración reunió alrededor de 300.000 personas. Era la primera marcha bajo el movimiento Ni Una Menos.
La última noche
Ese sábado, Chiara estuvo con un grupo de amigas, en su mayoría compañeras del club de hockey Los Pampas. Según la investigación, se separó de ellas luego de la medianoche para encontrarse con Mansilla.
El último rastro de vida fue un mensaje de WhatsApp enviado a una amiga alrededor de la 1:20 del domingo.
A las tres de la mañana, la madre de Chiara recibió un llamado del novio. Mansilla le dijo que habían tenido una discusión y que él se había ido, dejando a la chica en una esquina.
Mientras la familia denunciaba la desaparición y vecinos, policías y bomberos se movilizaban por el pueblo, en la casa de los abuelos de Mansilla, bajo tierra, estaba el cuerpo de Chiara.
La autopsia determinó que Páez cursaba ocho semanas de embarazo. Mansilla había arrastrado el cuerpo hasta el patio y lo enterró en un pozo. También se encontraron restos de Oxaprost, un antiinflamatorio utilizado como abortivo, en el organismo de la víctima.
Las contradicciones en el relato de Mansilla acumularon sospechas sobre él y terminó confesando.
En tres oportunidades se comprobó que mintió en el relato sobre cómo la mató.
El juicio y la condena
En junio de 2016, el juez de instrucción penal de Venado Tuerto declaró la responsabilidad de Mansilla por femicidio, lo que fue confirmado por la Cámara Penal en abril de 2017. El 8 de septiembre de ese año, el juez de Menores Javier Prado lo condenó a 21 años y seis meses de prisión. En el fallo sostuvo que Mansilla había matado a Páez "despreciando su condición de mujer y conociendo de su embarazo", en "circunstancias espeluznantes", y destacó la falta de arrepentimiento del condenado.
La sentencia fue considerada histórica. En marzo de 2018, la Cámara de Apelaciones de Rosario la ratificó.
Sin embargo, la Corte Suprema de Justicia de Santa Fe anuló la condena y ordenó que un nuevo tribunal recalculara la pena, al considerar que el fallo se había apartado de los principios específicos del derecho penal juvenil.
Los jueces Guillermo Llaudet, Georgina Depetris y Javier Beltramone establecieron que Mansilla cumpla 15 años de prisión. La reducción de más de seis años provocó indignación.
Verónica Camargo, madre de Chiara, expresó públicamente su "angustia" y "desilusión" ante la resolución.
Mansilla cumple condena y, si se confirma el fallo que redujo su pena, estaría próximo a salir en libertad.
El movimiento y su politización
El femicidio de Chiara no ocurrió en el vacío. La violencia contra las mujeres ya ocupaba espacio en los medios, pero carecía de una respuesta social articulada. El caso fue el detonante. La imagen de una adolescente de 14 años embarazada, asesinada por su novio y enterrada para borrar el rastro, resultó insoportable para millones de personas.
La indignación circuló por redes sociales, escuelas y organizaciones civiles, y de ese clima surgió la consigna que convocaría a la primera marcha el 3 de junio de 2015.
El movimiento Ni Una Menos logró que el Estado difundiera estadísticas públicas sobre femicidios por primera vez y que se ampliaran los mecanismos de prevención y asistencia a víctimas de violencia de género. Además, se modificaron los protocolos de búsqueda y la creación de comisarías especializadas en recibir denuncias por violencia de género.
Once años después
Fabio Páez, el padre de Chiara, dejó Rufino después de cuarenta y cinco años. Hoy vive en Álvear, en Mendoza, y brinda charlas en escuelas sobre violencia de género. "El femicidio de Chiara fue una bomba que destruyó nuestra familia, a sus amigos y a todo el pueblo", dijo en declaraciones recientes.
El nombre de Chiara volvió a la primera plana esta semana, en el contexto del femicidio de Agostina Vega, una adolescente de 14 años asesinada en Córdoba.
La coincidencia de edades y circunstancias reavivó una discusión que, once años después del crimen de Rufino, sigue sin resolverse.
Mansilla intentó enterrar toda huella aquella noche de mayo de 2015. El nombre de Chiara Páez, sin embargo, se convirtió en símbolo nacional. Cada 3 de junio lo confirma.