El brote de ébola que sacude el este de la República Democrática del Congo sigue escalando sin freno, complicado por una guerra que bloquea el acceso sanitario, una cepa sin vacuna y un sistema de salud al límite.
Por Morena Cavanay
La Organización Mundial de la Salud declaró la situación emergencia de salud pública de importancia internacional y su director general viajó al epicentro para exigir, en persona, que los fusiles hagan silencio.
La variante en circulación es la Bundibugyo, una de las cepas menos conocidas del virus y para la que no existen vacunas aprobadas ni tratamientos específicos. La OMS contabiliza 134 casos confirmados y 18 muertes por esa cepa, mientras investiga 906 casos sospechosos y 223 fallecimientos adicionales. La agencia de salud pública de la Unión Africana, por su parte, reportó 246 muertes sospechosas vinculadas a lo que ya es la decimoséptima epidemia de ébola desde que el virus fue identificado en 1976. Su tasa de letalidad promedio oscila entre el 30 y el 50 por ciento.
El foco principal está en la provincia de Ituri, en el este del país, bajo control militar desde 2021. Allí operan más de cien grupos armados, hay más de 5,3 millones de personas desplazadas y la infraestructura sanitaria acumula años de deterioro. El director general de la OMS, Tedros Adhanom Ghebreyesus, viajó hasta Bunia, capital de esa provincia, para reunirse con autoridades locales y visitar centros de salud. Lo que encontró fue devastador: los centros de aislamiento están desbordados y, según el coordinador de emergencias de Médicos Sin Fronteras, Florent Uzzeni, quien presenta síntomas simplemente no puede ser atendido porque no hay lugar.
Tedros se reunió con el gobernador de Ituri, el general Johnny Luboya, y describió la situación como agravada por el conflicto interno y el masivo desplazamiento de población. En ese marco, el jefe de la OMS subrayó la importancia de escuchar a las comunidades locales, a las que consideró mejor equipadas para identificar sus necesidades y encontrar soluciones efectivas.
La guerra no es un telón de fondo: es un factor activo en la propagación del virus. Los combates interrumpen cadenas de suministro médico, impiden el acceso de equipos sanitarios y concentran poblaciones vulnerables en entornos sin saneamiento. A eso se suman rituales funerarios que implican contacto directo con cadáveres, hábitos de consumo de animales silvestres como murciélagos o primates, y una economía informal con alta movilidad transfronteriza. La combinación es explosiva.
La desconfianza comunitaria agrava el cuadro. En localidades del este congoleño se registraron ataques a instalaciones médicas: un centro de Médicos Sin Fronteras fue incendiado por residentes, y durante el ataque 18 personas con sospechas de infección huyeron sin dejar rastro. En otro episodio, un hospital fue destruido por familiares de víctimas que querían acceder a los cuerpos de sus muertos, mientras el personal médico evacuaba pacientes bajo el sonido de disparos.
La OMS urgió a todas las organizaciones humanitarias y sanitarias a mejorar su coordinación con el Gobierno de la República Democrática del Congo, asegurando que sus operaciones se alineen con el liderazgo estatal en la gestión de la respuesta. Tedros fue más lejos: pidió un alto el fuego, aunque sea temporal, argumentando que los equipos de salud no pueden ganarse la confianza de las comunidades ni aislar a los enfermos mientras caen las bombas.
La expansión ya trasciende las fronteras del Congo. El último reporte de la OMS advirtió que el brote evoluciona rápidamente, con transmisión transfronteriza hacia Uganda. Estados Unidos restringió el ingreso de viajeros desde el Congo, Uganda y Sudán del Sur. Italia solicitó una respuesta coordinada de la Unión Europea. La Argentina bloqueó el acceso de tres buques cargueros provenientes del Congo. Además, se confirmó un caso fuera de África: un ciudadano estadounidense que contrató el virus mientras atendía pacientes en el Congo y que actualmente recibe tratamiento en Alemania.
El ministro de Salud congoleño, Roger Kamba, expresó cierto optimismo sobre las medidas en marcha y apuntó que Ituri concentra la mayoría de los casos, mientras Kivu del Norte registra alrededor de veinte y Kivu del Sur, apenas uno. Pero los números siguen en movimiento. En la última semana, la OMS registró 49 nuevos contagios y ocho muertes adicionales, más 160 casos sospechosos y 47 fallecimientos probables bajo análisis.
El Congo es uno de los cinco países más pobres del mundo pese a contar con vastas reservas de cobalto y cobre. El virus avanza sobre esa contradicción, en una zona donde el Estado llega con dificultad y la guerra lo complica todo. Mientras la comunidad internacional eleva sus alertas y cierra fronteras, en el este congoleño los trabajadores de salud intentan contener una epidemia que, por ahora, nadie puede garantizar que no siga creciendo.
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